Panettone
Introducción al poema:
"En ti esperaron nuestros padres; Esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; Confiaron en ti, y no fueron avergonzados" (Salmos 22:4-5).
He visto en los ancianos, cuando la hora de la muerte se aproxima y la vanidad ya no tiene asidero en la carne, la mirada asustada de un niño. Es como si, al final de la jornada, la vida devolviera a cada hombre a su verdadero tamaño. Las glorias vanas, los títulos y las preocupaciones —todas esas armaduras del mundo— se desprenden como cortezas secas. El dolor, ese megáfono de Dios —a decir de Lewis—, ha logrado captar la atención. El hombre se ha dado cuenta, al fin, de que su pan se ha quemado a la puerta del horno y que ha vivido hambriento toda su vida. Y es que la vida se parece mucho a una especie de adviento hacia la casa del Pan, un peregrinaje de mendigos a Belén.
Aquel día natalino, todos luciremos nuestra mejor ropa y todos estaremos rodeados de niños y familiares cuando esa última noche llegue. Como los Pevensie, atravesaremos esa puerta de madera; se romperá el hechizo del invierno y oiremos los cánticos dulces de los serafines. Por supuesto, tras cruzar el umbral, las grandes lágrimas doradas y la melena perfumada del León nos sorprenderán con una alegría avasalladora.
Panettone
En Navidad me espera
quien creó los crisantemos;
quien sopló sobre los granos de trigo
para que un pan pequeño,
en virgen horno, naciera
al estelar abrigo.
Porque hay panes que no sacian,
panes que el alma han desnutrido,
hasta volverla un ínfimo punto negro,
tan denso y ensimismado,
lleno de lamentos y suspiros.
Y, he aquí, los que me consuelan
lloran más que yo mismo;
y entre sus tristes lágrimas negras,
y bajo un cielo negro… un Niño.
Decidle a este Simeón, balbuceando,
que para mi mal hay alivio,
aunque el mundo, vociferando,
ya no pueda ni quiera oírlo.
Venid, venid: comed el Pan de ángeles,
que a dar su vida al mundo vino;
pan de grandes frutas brillantes
y uvas tiernas en su racimo.
Porque aun la providencia más dura,
la del justo coronado de espinos,
tiene detrás —sosteniéndola—
la tierna suavidad de un niño.

.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario