Sobre la herida de la belleza, o la nostalgia.
Fría, alta y mortífera, la hermosura de una estrella me apuñala. ¿Qué barca surcará el mar anchuroso y oscuro que a ambos nos separa? ¿Vendrá el más hermoso de los hombres, con su desfigurada cara, a hacer de mediador entre mi feo semblante y la luz de plata que le baña? ¿O podrá, con sus portentos de pesebre, guardar mi paja de la ardiente flama que ilumina este féretro viviente, donde viven las musas, los elfos y las hadas? Señor, aún las estrellas se me mueren... ¿No habrá expirado la que mi faz abraza? ¿Será su luz, tan fría como inerte, el destilar plateado de sus lágrimas? ¿Serán las que bañan nuestra frente el gemido de la cósmica nostalgia, que se ha derramado, cual torrente, de consuelo sobre el alma humana? En el patíbulo del mundo, ecce mundus: con el rostro de ceniza y hojarasca, su hermosura, escondida tras lo feo, aún deja ver Su delicada cara... Y...








