Había pastores en la misma región...
“Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crie hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento” (Isaías 1:2-3, RVR1960).
La primera Nochebuena del mundo, la de Navidad, María recibió la buena noticia de aquellos peculiares primeros testigos del Hijo de Dios, que no eran otros que los pastores de Belén.
¿Conocía María el popular adagio: «procura que cuando tu hijo crezca no conduzca burros ni ovejas, porque los pastores son ladrones y mentirosos»? ¿Sabría que su Hijo sería el Buen Pastor de las ovejas? ¿Se habrá asombrado al ver a su hijo rodeado, honrado y recibido por los pobres y pecadores pastores de Belén?
Y recuerden que allí no había limpieza de manos, ni de lengua, ni de espíritu. Los pastores eran outsiders en Israel. Ellos estaban lejos de la parafernalia del templo que le permitía a uno el acceso a Dios. Ellos formaban parte de aquellos que estaban lejos de Dios: ignorantes y despreciados… Sí, como tú y como yo. Nadie esperaría que Dios visitara a esa gente primero si viniera al mundo. ¿O sí? Nadie en su sano juicio advertiría estas cosas. Pero nuestro juicio no goza de tanta salud. Nosotros no sabemos nada de nada, y somos malos hasta la médula. ¡Por eso es tan grande el regalo de Cristo y su justicia; de Cristo y su tan gratuita y bondadosa salvación!
María atesoraba y meditaba estas cosas terribles en su tan pequeño corazón; corazón que, por cierto, no era ingenuo y que comprendía bastante bien lo que sucedía, como dejó ver en su canción, el Magníficat, cuando dijo que Dios enviaba vacíos a los poderosos y recibía y colmaba de bienes a los pobres con su venida.
Puede que los pastores sean el ejemplo perfecto de un alma que busca a su Señor. Ella, naturalmente, no conoce dónde hallarlo y debe ser guiada por la gracia celestial de la buena nueva: «Hallarán al niño envuelto en paños, recostado en un pesebre».
Y es que el corazón pecador se ha hecho peor que una bestia, y más testarudo e irracional que el de un animal. El buey y el asno al menos saben –como dijo Isaías – dónde está el pesebre de su Señor. ¿Quién podría concebir la entrada al Paraíso en una gruta en Belén? (Ignoremos aquí a C. S. Lewis en Narnia: La última batalla).
Pero el Señor tenía allí, en Belén, un pesebre donde sus ovejas, atentas a su voz, podían comer del Verbo divino; donde aún un buey y un asno, acostumbrados a cargar con el peso servil del pecado, podrían hallar descanso y sustento. Allí, en esa gruta y en ese pesebre, incluso unos pastores —y lo dije arqueando las cejas y arrugando mis labios— podrían hallar a su Señor y a su Rey (¿o ser hallados por Él?). ¡Ellos fueron de prisa tras el angelical anuncio, lo hallaron, lo adoraron y contaron a José y a María lo que sabían acerca del Niño!
“¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y proclama la salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios»! Tus vigías alzan la voz, cantan a coro, porque ven con sus propios ojos que el Señor ha vuelto a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén. El Señor manifiesta su poder a la vista de todas las naciones, y los confines de la tierra contemplan la victoria de nuestro Dios” (Isaías 52:7-10).
¡Feliz, escandalosa y desconcertante Navidad! ¡Soli Deo Gloria!



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