Una defensa del bebé desnudo
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| Madonna con el niño y santa Ana, Caravaggio (1605). |
Los que hemos nacido entre los años 80 y 90s nos hemos encontrado alguna vez con algún conocido que se quejaba de aquella costumbre, hoy en desuso, de fotografiar a los bebés, no solo en posiciones vergonzosas —vergonzosas para el bebé que, al crecer, se toparía con dichas fotografías— sino completamente desnudos tomando un baño, o al cambiarle los pañales. A veces, y lo digo por experiencia, aparece el niño con su trasero escaldado apuntando a la cámara, en medio de una escenografía tan descuidada que genera conmoción en la psiquis del moderno homo scenicus.
Algo así experimenté al mostrarle mis fotos de niño a mi esposa, y he presenciado esta misma sensación de extrañeza, casi de aflicción moral, en cada adulto de mi edad al ver sus fotos de bebé.
Sin embargo, he de reconocer que no estoy aquí tomando las armas para destruir esa vieja costumbre ya en desuso, sino para defenderla. Jamás hubiera imaginado en la obligación de defender la fotografía de un bebé desnudo, lo confieso. Mucho menos una tomada al puro estilo de la década de los noventa, con el fondo de una sábana blanca, una casa con los desarreglos propios de un hogar con hijos, y una inocencia tan brutal que hoy resulta sospechosa a los puristas. Pero heme aquí: he sentido el llamado y estoy dispuesto a hacerlo de la forma más desprolija y natural que pueda.
Admito que el pudor es profundamente cristiano; lo impúdico, en cambio, es acusar a Dios mismo de falta de decoro, por haber permitido que sus hijos anduvieran desnudos en el mismo jardín donde se arrastraba el padre de todos los perversos.
El caso es que casi ninguna de estas fotos que menciono se tomó para ser expuesta en la plaza pública, como hoy, donde los hogares son públicos (deshonestamente públicos) e impecablemente falsos. En aquellos días las mamás fotografiaban a sus bebés sin desviar el foco ante aquello que el cuerpo revelaba, y lo hacían con una especie de incontenible orgullo ante la realidad inmutable de una sexualidad sagrada, de un don divino.
Y si esta domesticidad salvaje nos resulta escandalosa, conviene recordar que Jesucristo no creció en un monasterio en miniatura. No. Su casa era una auténtica casa de hombre. Él vivió en una casa común de Galilea, la casa de un trabajador pobre, llena de hermanos y hermanas, ruidos, cuerpos y necesidades. No fue criado en un ambiente “controlado”, con un director de escena, sino en uno ridículamente real. Y si hubo alguna vez un niño que no necesitó ser protegido de su propia humanidad, fue Él.
"Los ángeles anhelan mirar", señaló Pedro en 1 de Pedro 1:12; todos sus rostros y sus innumerables ojos -a los que Isaías describe pudorosamente cubiertos ante Dios- anhelan mirar el misterio de ese Dios tan amorosamente encarnado, de ese Hombre pleno y común nacido de la María.
¿Recuerdas aquel séquito de ángeles que irrumpió en medio de la noche de navidad llamando a los pastores? Ajá. Ahora imagínese usted, señora, en el lugar de María: recién acaba de pujar, asear y envolver en pañales a su bebé, y de recostarlo en un pesebre, cuando es abordada de súbito por un grupo de pastores extraños en mitad de la noche.
¿Se da cuenta? No hay tiempo para ponerte en escena. Y creo que no hace falta recordarle la "buena" reputación que tenían los pastores de la Belén del primer siglo...
Tal vez el verdadero problema de aquellas fotos que hoy nos averguenzan, porque nos exponen, no sea el hecho de que mostraran demasiado, sino que mostraran una vida sin falsear. Tal vez manifestaban demasiado lo evidente, y de una manera difícil de disimular o ignorar.
El niño de aquel entonces aún tenía pene, y la niña, vagina, de manera inexpugnable. Y esto le resulta completamente blasfemo al moderno hombre plástico.
Ahí radica el motivo por el cual resulta tan escandaloso y estrecho de mente un bebé desnudo, en una postura tan natural y mundana. Y es que, además, vivimos en una época que confunde el amor por lo bello con la lujuria, y que no puede distinguir entre el desnudo artístico de Miguel Ángel, propio de la gloria y belleza de la criatura, y la pornografía. Como el papa Pío V, al ver un desnudo cualquiera -incluso el más tierno e inocente- corremos en busca de un Braghettone que lo censure todo con hojas de higuera.
En definitiva, y para concluir, me temo que vivimos en una época que cuela el mosquito de lo imprudente mientras se traga un tropel de camellos; que esta demasiado acostumbrada a ocultar lo evidente mientras tolera toda clase de obscenidades, y esto me resulta especialmente contradictorio e imperdonable.



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