Caminamos por fe, no por vista
![]() |
| Foster Bible, 1897 |
El siguiente post va dedicado “a algunos que confían en su propia justicia y menosprecian la fe de los niños” (Lucas 18:9).
Introducción
Nada de lo que diré a continuación es un palo en la rueda de mi ortodoxia protestante. Yo creo en la perseverancia de los santos –o preservación de los santos–. Eso significa que sostengo que un niño debe nacer de nuevo, debe recibir un corazón nuevo, para poder ver el reino de los cielos. Si un hombre, quienquiera que sea, no se vuelve a Dios con fe en su corazón por el glorioso don del Espíritu Santo, y abraza el Evangelio, entonces irá al infierno. Habiendo dicho esto, permítame distanciarme de un error común al respecto, motivo por el cual pierdo mi tiempo escribiendo esto. Y es que, basándose en la doctrina bíblica de que el nuevo nacimiento es absolutamente necesario para la salvación, muchos cometen el error de pensar que la regeneración es tan visible en la vida de sus hijos como el sol al mediodía en un cielo despejado. Pero –y aquí quisiera oír un "amén"–, pensando así, no hubieran considerado justo y santo a Lot, a Sansón o a David, si la Palabra no lo hiciera por ellos. La realidad es que no es tan fácil ver qué corazón ha sido regenerado. Por lo general el crecimiento y el pulso suele ser débil; el dón de la fe no suele ser igual en todos; ni siquiera la gracia de la santificación suele ser igual en cada miembro de Cristo. En la iglesia (como instruyó Jesús) no deberíamos apresurarnos a arrancar la cizaña, porque es muy probable que, tras terminar de ralear el lote, nos quedemos con mucha cizaña y poco trigo. Un hombre como Lot, uno que entregó a sus hijitas a ser abusadas por los frenéticos habitantes de Sodoma, no parecía un buen candidato al bautismo... Pedro, Sansón o David, tampoco. ¿Heroes de la fe? ¿Una gran nube de testigos? Bueno, bueno...
¡Por supuesto que si! ¿Qué parte de "Dios justifica al impío" no has comprendido? ¡Por el amor de Dios! ¿Qué enseñan en los seminarios hoy en día?
Simil iustus et peccator, dijo Lutero. Siempre serás justo por la fe, y de este lado de la muerte, siempre serás más pecador de lo que te gustaría aceptar. ¿Qué pasa si un hermano ha tomado como pasatiempo transgredir alguno de los diez mandamientos? Bueno, para ello está la disciplina eclesiástica, que busca restaurar al hermano caído en pecado, y tiene varias barreras hasta llegar a la excomunión o al temido "tenle por pagano". La disciplina, sin embargo, siempre es dada a los hijos de Dios, no a los bastardos. Y siempre acarrea dolor y consecuencias, aún cuando el beneficiario de la disciplina sea un hijo de Dios. Debemos lidiar, entonces, con nuestros hijos creyentes como lidiamos con nosotros mismos (sino mejor, puesto que son niños/adolescentes), y la verdad es que nadie espiritualmente sano anda dudando de su salvación cada vez que peca. Nadie es su propia roca de salvación. Dicho esto...
"Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén" - Judas 1.24-25.
Es común encontrarse con personas que, a pesar de haber nacido en hogares cristianos y creído desde niños, afirmen, al llegar a la adolescencia, que nunca fueron realmente salvos, y que recién ahora lo son porque pueden ver sus pecados con más claridad, desean abandonarlos con mayor conciencia y rendirse más plenamente a Cristo. Por supuesto, la fe de un niño es una fe más sencilla que la de un adulto, y menos informada en algunos aspectos intelectuales; pero eso no niega su sustancia propiamente dicha.
La fe no es una mano fuerte que se aferra a Cristo: es una mano débil extendida, sostenida por la mano fuerte del Salvador, Jesucristo.
Y es que la salvación no se concreta por rendirse totalmente (cosa que nunca se logra en esta vida), ni por abandonar todos los pecados (un absurdo que no sucede ni en el santo más celebre), ni siquiera por tener una sincera intención de hacerlo (pues sinceridad, motivación y emoción permanecen manchadas por el pecado en esta vida). No. La salvación es solo por fe (no la fe como mérito, sino por los méritos de Cristo), solo por gracia (de inicio a fin) y solo por Cristo. Mero cristianismo... mero cristianismo...
“Ah, ¿entonces nunca debería mirarme a mí mismo para alcanzar seguridad de salvación?”. Exacto: nunca deberías hacerlo. Lo único que hallarás en ti, es el motivo por el cual Cristo tuvo que descender a salvarte: tu pecado.
¿Tiene tu hijo tres o cuatro años? No demerites el poder salvador de Dios. Él es poderoso para salvar. Puede que tu hijo crezca (como tú) en su claridad y experiencia al verse en el espejo de la ley, y desee dejar atras más y más pecados al crecer. Eso es santificación, y no es el fundamento ni el requisito de la salvación. Recuerda que los cristianos pueden atravesar momentos lúgubres, pero Cristo no desecha a la “mecha que apenas humea” ni al “junco quebrado”. Ponle un tutor, o sopla para avivar el fuego, pero nunca hagas dudar a tu hijo de la suficiencia de la fe que ha tenido, y de la suficiencia de Cristo para salvarlo por esa pequeña fe. Exhortale a ser consistente con la fe que ha profesado; a comportarse como es digno del Evangelio. Así como cuando papá lo disciplina, él no deja de ser su hijo, y es disciplinado precisamente por ser hijo y parte de la familia.
Decirle a tu hijo que toda su infancia fue un engaño –echando por tierra toda su anterior fe en Cristo– y que para ser salvo tiene que tener una experiencia dramática de conversión, abandonar todos sus pecados y rendirse por entero a Cristo, es algo ajeno a las Escrituras, y es promover la salvación por señorío o discipulado. Incluso David, tras pecar tan gravemente, no pidió que se le salve, sino que se le devuelva el gozo perdido de la salvación que nunca perdió.
Es común el error de suponer que, si la fe se evidencia por las obras, entonces una fe fuerte es la de una persona que obra rectamente la mayor parte del tiempo. Pero es muy fácil errar y confundir la fe salvadora con las obras, y hacer de la fe una obra meritoria. Es fácil para el niño comenzar a dudar de su salvación porque peca, o porque no es tan "santo" como sus padres, y comenzar a perseguir con sus obras una supuesta seguridad de salvación. Y ahí está la trampa. Hemos perdido al niño: hemos hecho de él un legalista, si no un fariseo...
Pero, gracias a Dios, la fe —por imperfecta y débil que sea en determinado tiempo— se apoya en la perfecta obra de Cristo. Eso es salvación. Y deberíamos saber, amados hermanos, que la justificación por la fe es una obra única (que no se repite) en la vida del hombre, y que no hace falta recordar o saber a ciencia cierta cuándo sucedió tal evento en la vida del cristiano. Uno creyó en el Evangelio en algún momento, y fue salvado. A veces la experiencia es dramática, como en Pablo. A veces es suave, como en Lidia. A veces uno mira al cielo y clama: “Ten misericordia de mí”, y eso es suficiente. A veces uno, con solo unos añitos, cree en Cristo y es salvo en su más tierna infancia.
Jesús exhortó a que no seamos impedimentos o estorbos para quienes reciben el Evangelio siendo niños. Dejemos que ellos vayan a Cristo, sin decirles luego, al primer pecado o lucha con el pecado, que nunca estuvieron con Jesús y que deberían comenzar a estar con Él “siendo santos”. ¡Pucha si seremos legalistas! Jesús pide que el niño vaya con fe; nosotros les exigimos que suban el Sinaí y bajen con las tablas marcadas tipo check-list y un sello de aprobación en la frente.
Si el niño cree, ayúdalo en su incredulidad señalando a Cristo, no a su deficiente santificación (que no es parte de la salvación). Ayúdalo en momentos de dudas a recordar que una vez creyó, y que es de Cristo por la fe; y luego llámalo a comportarse como tal, solo porque ese es su llamado y es lo que un alma agradecida debe hacer por ser amada por gracia. Pero nunca, nunca jamás seas tú el motivo de tropiezo o la causa de su incredulidad.
Cristo es un gran Salvador de grandes pecadores. Y feliz es el niño a quien Dios imputa justicia sin obras (Romanos 4:5–6). Recuerden, queridos niños, que a Abraham le fue contada su fe por justicia, no su justicia por fe. ¡Al que obra no se le regala el sueldo, sino que lo merece! Pero al que no obra lo que es bueno tabto como querría el acusador, sino que cree, su fe le es contada por justicia. Nunca crean a quien pretenda tirar del caballo con el carro. Crean para ser salvos, y vivan para la gloria de Dios, aun si tropiezan; no para ser salvos por sus obras, sino como consecuencia natural ante tanta bondad eternamente gratuita.
Termino esta entrada con una cita un tanto extensa de Rachel Jankovic, de su libro Fit to Burst:
“Cuando nuestros hijos tengan preguntas sobre la fe —que las tendrán— debemos tener esto en cuenta: hay una manera de usar tu fe para fortalecer la de ellos, y hay una manera de usar tu fe para debilitarla. Nuestra fe debe ser un escudo que proteja la fe de nuestros hijos.
Muchos padres se preocupan por el estado espiritual de sus hijos, pensando que la preocupación y la duda son las únicas formas de tomarlo en serio. Entonces los niños pecan, y en lugar de disciplinarlos porque su pecado es inconsistente con su salvación, lo tomamos como una oportunidad para dudar de su salvación. Esa es una forma de atacar su fe con nuestra fe (bueno, en realidad, con nuestra falta de fe).
La fe de vuestros hijos es como un árbol pequeño, y el pecado puede ser un vendaval. Los padres fieles son amigos en la tormenta: atan ese pequeño árbol al suyo, más grande. No pueden proporcionar las raíces del árbol de su hijo, pero pueden prestar la fuerza de las propias.
Cuando acumulas tus dudas y preocupaciones sobre tu hijo mientras está siendo probado, eres como una persona que pasa junto a un árbol joven y lo sacude para ver si puede arrancarlo de raíz. Pones a prueba la fuerza de esa pequeña cosa contra la tuya. Le señalas lo poco profundas que son sus raíces. Le muestras cuán profundas son las tuyas.
No es raro que un niño diga: “¡Amo a Jesús!”, y que los padres respondan: “Pruébalo”, tal vez con palabras más sutiles, pero no con más amabilidad. Pero cuando hacemos esto, les pedimos que su fe sea lo suficientemente fuerte para soportar el peso de nuestra duda.
Por supuesto, si tu hijo manifiesta las obras de la carne (Gálatas 5:19–21), si nunca está en comunión, si nunca muestra gozo, si claramente vive en la oscuridad, entonces necesitas considerar la probabilidad de que no tenga una relación con Cristo. Pero si estás leyendo este libro, es muy probable que no estés jugando ese juego presuntivo. Lo más probable es que tu tentación sea poner a prueba la fe de tus hijos en vez de edificarla".



Comentarios
Publicar un comentario