San Juan XXI
-Para mi hermana, Yami.
La piedra dijo: «Vamos».
Y todos le siguieron,
como siguen al rayo
los inquietantes truenos.
Metiéronse en la barca
y, en el oleaje inmenso,
aquella vieja nave
movieron con sus remos.
Pero cayó la noche.
Las redes recogieron:
no había ni un pescado
en el acuoso yermo.
Y a orillas de la mar,
del lago de Tiberio,
una figura de hombre
se presentó en silencio.
Fue cuando se elevaba,
con sus rosados dedos,
el alba, que les dijo:
«¿Traéis de allí alimentos?».
Y mientras que bregaban,
que "no" le respondieron;
no habían pescado nada
los pescadores diestros.
«Echad a la derecha
la red del Evangelio.
Bregad en mi palabra:
pescad al mundo entero».
¡Oh Dios, cómo ahuyenta peces
el cruciforme anzuelo,
con un pescado herido,
ya masticado y muerto!
Apenas levantaban
las redes por su peso,
cuando Juan le decía:
«Es el Señor», a Pedro.
Y el hijo de Jonás,
habiéndose cubierto,
saltando de la barca,
llegó a Jesús primero.
Los otros, por detrás,
remaron por cien metros
y, arrastrando las redes,
llegaron al Maestro.
Al descender hallaron
un encendido fuego:
un pez sobre las brasas
y unos panes frescos.
Jesús allí les dijo
que traigan, –sonriendo—
unos de esos pescados
que habían pescado ellos.
Subió Simón de prisa
y vio que eran ciento
cincuenta y tres pescados
que la red no rompieron.
«Venid, comed», les dijo,
y comieron en silencio,
pues no osaba ninguno
perturbar el misterio.
Sabían que era el Cristo
tan pronto como le vieron
partir pan con la mano,
su mano con ahujero.
La tercera es la vencida.
Y aquellos hombres vieron,
vencidos por vez tercera,
al que había estado muerto.
¡Oh Dios, cómo atrae peces
aquel sepulcro desierto,
do en duelo murió la muerte,
vencida del Nazareno!



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