Ernesto Quercia

 

Narcisse-Virgile Díaz de la Peña

"Iguales a sus ídolos son quienes los hacen y quienes confían en ellos".

- Salmos 115:8 


—Supongo que no ha de ser tan difícil pasear ocho horas al día entre un montón de robles y pinos —dijo Ernesto a su nuevo patrón, un hombre poco agraciado, de mirada agria, y lúgubre atuendo. 

—Por el contrario -le respondió este, saliéndole al paso y mirándole de frente— ser un guardabosque tiene sus incomodidades. Se necesita un temple... tener buena madera. ¿Entiende lo que digo, verdad?

—Creo entender —contestó Ernesto, manifestando la mueca de una incómoda sonrisa.

—Uno debe tener los pies bien plantados en el suelo muchacho, y no descuidarse so excusa de la supuesta extrema facilidad del trabajo. 

—Y bien —interrumpió Ernesto, respondiendo con acritud—. ¿A qué se debe el cambio tan frecuente de empleados? 

—Verá, ni siquiera se han preocupado por el pago. Se han ido así, sin más. Tampoco fueron muchos, y espero que no sean más. ¿No es así? ¡Ah, llegamos!

A primera impresión el sitio era agradable. Tras un alto robledal más o menos frondoso, donde destacaban dos o tres ejemplares de menor tamaño, se extendía, en solitario, un pastizal medianamente corto. No parecía estar cortado, sino que, más bien, parecía haber alcanzado su altura máxima. 

A Ernesto Quercia le importaba demasiado la opinión de sus semejantes. En cierto modo, su motor se movía con el combustible de la aprobación de los demás. A veces, incluso, hacia cosas que nunca hubiese aprobado en otros, ni en sí mismo. El ídolo al que le rendía una tajante obediencia era evidente: una enfermiza disposición a hacer lo que fuera, a cambio de una palmada en la espalda y un poco de aprobación. Ya de niño se había visto envuelto en este mal, y el hambre de aprobación solo empeoró con el paso del tiempo. Lo que mas temía era sentirse rechazado o censurado por otros. Incluso, en cierta ocasión, para caer en gracia a unos amigos de la infancia, llegó a robar unas peras en el huerto de un vecino. El viejo Foster era un anciano muy amable, y siempre compartía sus peras con mucha amabilidad, para que Ernesto y sus compañeros las disfrutaran. "Ustedes al menos me las piden, no como esos sabandijas que, entrando por detrás, me roban las peras y destrozan mis perales", solía decirles el buen anciano algo frustrado. Pero, una vez acabado el festín, Ernesto y sus amigos daban la vuelta y entraban por la parte trasera del huerto, a fin de robar a su benefactor los preciados frutos, de los que ya, obviamente, estaban harto satisfechos. Y así pasaba la vida Ernesto, arrastrado a mil incomodidades a cambio de unas cuantas migajas de aprobación de un puñado de insensatos…

Creo que, dado su nuevo empleo, no hace falta decir que sus nuevos amigos amaban los árboles. Y que Ernesto, por supuesto, ahora era el hombre más arbóreo de todos en el condado. Sus nuevos amigos eran de esos especímenes que deben ver, tocar, oler, o trepar encima de los árboles para estar en paz consigo mismos y con el entorno.

El primer día en su nuevo trabajo transcurrió sin problemas. Apenas salir, fue corriendo a contar a sus nuevas amistades acerca de los robles nudosos, los pinos y sus piñas, y el césped acolchonado que había tenido el privilegio de apreciar en el trabajo. La jornada, les contó, había transcurrido sin problemas. "Todo  muy agradable, excepto una ardilla que se trepó en mi pantalón", dijo a sus amigos, frunciendo el entrecejo. Pero al notar que estos hallaban encantador aquel encuentro con la ardilla, cambió enseguida la configuración de su rostro, para mostrar al mundo una sonrisa un tanto forzada.

Al día siguiente, tras caminar por largas horas en el aburridísimo bosque (aburrido para él, claro está), decidió sentarse junto a un roble un poco más alto que él, a fin de descansar las piernas, pero siempre vigilante a las ardillas... De pronto oyó un rumor de ramas, no muy lejos de él. Tenía entendido que no había osos por allí, lo cuál lo alivió un poco. Pero el sonido persistía; un sonido como de follaje moviéndose. Ernesto tuvo miedo. Contra todo buen gusto de sus amigos -luego ver aquí y allá para cerciorarse de que estos no le estuvieran viendo-, decidió tronchar una rama del roble para usarla como defensa, en caso de que la alimaña que hacía aquel ruido se acercara demasiado. 

— ¿Por por qué me desgarras? —Gritó de pronto una voz robusta y oscura detrás de él, que parecía haber escapado por el agujero que en el tronco había dejado la desgajada rama.

Ernesto, ya casi muerto de miedo, dejó caer la retorcida rama que había tronchado. Del hueco desgarrado del árbol salía, además de palabras, una sangre muy espesa. Al oír y ver esto, el cuerpo de Ernesto quedó petrificado, con una terca resistencia a la huida que punzaba con insistencia en su interior. El miedo le impedía gritar, preso del más irreal terror. Fue entonces cuando notó que su piel comenzaba a agrietarse, llenándose de lo que parecían ser oscuras y profundas cicatrices. Su cuerpo, retorciéndose por destrabar sus miembros y lograr huir, adoptó la postura errática de un roble y, en menos de medio minuto, los dedos de sus pies, rasgando sus nuevos zapatos de guardabosque, se habían convertido en raíces, y su voz se había apagado bajo una gruesa corteza. Sin embargo, nunca pudo olvidar ese horrible momento que, por supuesto, fue el último que vivió siendo Ernesto Quercia, antes de alcanzar el temple de la madera y mimetizarse con el entorno.

La idolatría, hijitos, si no se trata a tiempo, tiene sus peligros.





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