Dios en el pozo
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“Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre la peña, y enderezó mis pasos".
- Salmos 40:1-2
Quizá ustedes no lo sepan —ni tienen por qué—, pero mi alma es un desierto. Y en ese desierto, el maná caduca al día siguiente, si no lo encierro en un arca de papel o —como en este caso— de luz.
No es extraño, entonces, como dijo P. G. Wodehouse, que muchos autores se vuelvan calvos y desarrollen cara de pocos amigos: su oficio consiste en atrapar lo inasible, y expresar lo inenarrable (nah). Espero no haber perdido la poca capacidad que tenía para esta empresa, y toso por haber hibernado estos meses.
La gloria de lo pequeño
San Pablo (que era calvo) dice que el hombre no alcanza la gloria de Dios… pero no por carecer de andamiajes.
Los serafines que vio Isaías en el templo, cuando contempló al Señor en su trono, cantaban que el mundo entero está repleto de la gloria de Dios ad nauseam.
Ellos miraron hacia abajo y vieron la shekinah resplandecer sobre cada mota de polvo. Job dijo que el escarabajo sabe quién lo creó. “Pregúntale —dice— y él te lo dirá” (Job 12:7-10).
La condescendencia divina
Dios también se rebaja a nuestra forma y finitud para hablarnos. Desciende sobre nuestra impotencia sorda y ciega para hablar con nosotros.
Por eso, la inspiración del canon bíblico, además de ser una obra de la omnisapiencia de Dios, es una obra de su infinita condescendencia: Él se agachó y nos habló —cuando debíamos ser condenados— casi tartamudeando, balbuceando como una madre lo hace con su recién nacido.
Y este hecho insólito, el de saber que Dios es omnipresente e indivisible en esencia, es un gran consuelo para el cristiano:
“¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?” (Jeremías 23:24).
La vergüenza de Erasmo
Incluso el gran Erasmo de Róterdam tenía problemas con este hecho notable. Había ciertos lugares en los que su mente elegante se retorcía al tener que imaginar a Dios allí. Aceptaba a regañadientes ciertas verdades, como la omnisciencia de Dios, pero decía que era inútil presentar ciertos detalles ante el vulgo.
¡Vaya error!
—Valentín, ¿dónde está Dios? —le pregunto a mi hijo.
—En todas partes —responde de inmediato.
Y se alegra de saber que nuestros amados acorazados de seis patas están por ahí (por doquier), porque Dios está allí con su infinito poder y sabiduría, sustentándolos en cada punto del tiempo y del espacio.
Así lo expresa la Confesión de fe Bautista de 1689:
"Dios, el buen Creador de todo, en su infinito poder y sabiduría, sostiene, dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas y cosas, desde la mayor hasta la más pequeña, por su sapientísima y santísima providencia, con el fin para el cual fueron creadas, según su presciencia infalible y el libre e inmutable consejo de su propia voluntad; para alabanza de la gloria de su sabiduría, poder, justicia, infinita bondad y misericordia. [...]".
Desde el momento en que el pelotero rasgó su porción de heces, o el coprófago su jirón de carroña, Dios estuvo allí. Desde que eran tan solo un huevillo, o una larva, Él estuvo allí: entre las heces. Su poder y su sabiduría; en resumen, todo lo que Él es, estuvo (y está) allí.
Gusano de Jacob
No importa si, como Erasmo, no puedes captar lo útil o práctico de un escarabajo, y el hecho de que Dios se incline como un niño asombrado ante la obra de su propio ingenio artístico. De todas maneras, no importa cuánto me esfuerce para llamar tu atención hacia aquellos lugares donde Dios dirige la suya.
¿Entenderá un gusano de Jacob cuánto importa un gusano? Sin embargo, el Señor le dice:
“No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor.” (Isaías 41:14).
Cristo en la madriguera
La realidad es que es un consuelo extraordinario para la persona que se halla en la desafortunada (para un humano) situación de una larva de pelotero, el que el Hijo de Dios se abajara hasta nuestra miseria, a fin de redimirnos.
Así recriminó Lutero —en su libro De Servo Arbitrio— a Erasmo por avergonzarse de la omnipresencia divina:
«¿Debemos suponer que si soy capturado por un tirano y arrojado a una prisión o a una alcantarilla —como les ha sucedido a muchos santos— no se me permitirá invocar a Dios allí ni creer que está presente conmigo, sino que debo esperar hasta llegar a una iglesia elegantemente amueblada?».
Lutero tenía toda la razón, y Erasmo estaba peligrosamente equivocado. No deberian avergonzarnos las doctrinas que a Dios no le averguenzan. Punto.
El pueblo de Dios ha estado en los lugares más oscuros, dolorosos, blasfemos y repugnantes. Fue por eso que Cristo descendió y se recubrió —a decir de san Ambrosio— de nuestro estercolero, murió nuestra muerte, se recostó sobre nuestro hediondo sepulcro, descendió a nuestro Seol, y luego hizo rodar la puerta de aquella oscura madriguera despedazándola desde adentro.
San Agustín lo ha expresado (según dicen) así:
"Cristo es mi buen escarabajo, no solo por haber tomado la forma de los mortales, sino por haberse revolcado en nuestra inmundicia, y haber elegido nacer de esta misma inmundicia".
Menos que nada y que lo que no es
Puede que te resulte exagerado e innecesario comparar nuestra naturaleza, o el dulce seno virgen de María (donde Dios se hizo ¡carne!) con la madriguera de un escarabajo pelotero. Por eso el profeta Isaías nos enseñó que Dios es absolutamente trascendente.
¿El escarabajo te parece insignificante? ("Insignificante" es el epíteto que sueles dar a aquello a lo que tu mente finita no le encuentra utilidad o significado). Si es así, intenta mirarte a ti mismo, desde la perspectiva del Creador Todopoderoso:
“He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Como nada son todas las naciones delante de Él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?” (Isaías 40:15, 17-18).
Exacto: eso somos al ser comparados con Dios —menos que nada y que lo que no es—.
Conclusión
El amor y el aprecio que Dios nos tiene es fruto directo de la pura y plena condescendencia de su amorosa majestad. Dios nos da valor al amarnos así. No hay nada en nosotros, señores, Nada, a menos que estés en Cristo.
No obstante, como se ha dicho por ahí, el gusano en su cueva o el serafín en el cielo, ambos están igual e infinitamente lejos de la gloria de Dios. Ellos simplemente no la alcanzan. La distancia entre él y nosotros, es la de un Dios y un hombre...
¿Se dan cuenta de lo grande que es el amor de Dios? ¿Se dan cuenta de cuánto ha tenido que inclinarse el Hijo de Dios para salvarnos (Sal. 40:1-2)?
Más aún: Él estuvo en lugares donde usted y yo nunca estaremos, porque —de hecho— fue por eso que tomó nuestro mísero y maldito lugar en la cruz. Fue por eso que Dios estuvo en el pozo.

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