Un tornado en el torno del alfarero
"Y así está escrito: «Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú». ¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? ¡De ninguna manera! Es un hecho que a Moisés le dice: «Tendré misericordia de quien quiera tenerla y seré compasivo con quien quiera serlo». Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano, sino de la misericordia de Dios. Porque la Escritura le dice al faraón: «Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra». Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla y endurece a quien él quiere endurecer.
Pero tú me dirás: «Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?». Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? «¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?”». ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios? ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria?"
-Romanos 9:13–23.
"Uno de los expertos en la Ley le respondió: —Maestro, al hablar así nos insultas también a nosotros. Contestó Jesús: —¡Ay de ustedes también, expertos en la Ley!"
-Lucas 11:45–46.
El apóstol era un buen pastor, y como tal, sabía guiar con vara y cayado a sus ovejas, alternando uno y otro según creía conveniente. No dejaba que las ovejas saltaran más allá del redil; las mantenía pastando recto. Hay pastos más duros de digerir, pero igualmente blandos de masticar. Y esta doctrina es así: fácil de entender, difícil de aceptar.
Pablo inicia en el versículo 14 yendo directo al meollo de la cuestión: "¿acaso hay injusticia en Dios?"... "Ni Dios lo quiera", responde. Pero no es tan sencillo ser dogmático y conciso. Las malas hierbas crecen con más frecuencia que nuestras ganas de arrancarlas.
Pablo está decidido a rechazar la acusación de malevolencia en Dios. Epicuro dijo en cierta ocasión que: o Dios es malévolo o impotente, porque, si hay mal factual, es porque Dios no quiere, o no puede acabar con él. Pablo niega ambas acusaciones y afirma lo contrario: Dios es bueno, todopoderoso, y tiene su propio propósito para con el mal. Esa es su tesis, y está dispuesto a defenderla.
Para esto emplea dos ejemplos: Esaú y Jacob, Moisés y Faraón. Ambos sirven para demostrar que Dios tiene propósitos aún en lo que a nosotros nos parece absurdo. Por ejemplo, uno de esos propósitos es manifestar la gloria de su ira y de su misericordia. Los versículos 22-23 son preguntas retóricas que revientan como petardos bajo tu cómodo y blando sofá de herejías: "¿Y qué si…? ¿Y qué si…?"
¿Y qué si Dios lo hizo para dar a conocer las gloriosas riquezas de su ser, hizo aquello que tanto te incomoda?
La respuesta es común a ambos textos: "para dar a conocer". El propósito fijo en la mente de Pablo es que el alfarero quiso hacer lo que hizo para dar a conocer su ser a través de sus obras. Como todo artista, claro está. La predestinación y la soberanía divina así lo han querido. La gloria de su gracia brilla más sobre el telón oscuro del infierno, sobre el ardor de una justicia en la que los santos jamás arderán. Si esto les parece demasiado, pregúntenle a las viudas y a la impotencia general de estos días de asesinato y odio: el infierno es un consuelo para quien desea una justicia justa, sin venganza.
La retórica de Pablo
“La retórica es el arte de encantar el alma”, dijo Platón. Pero Pablo no hacía un uso imprudente de la retórica, intentando persuadir a sus oyentes de falsedades. Su estilo era fuego líquido, y su lengua era pluma hábil. El arte de la persuasión era importante para él, y era muy bueno en lo que hacía. Aunque estaba abiertamente en contra del mal uso de esta arma, no se oponía a usarla al servicio de Cristo, su verdadero Señor.
En la carta a los corintios, Pablo se oponía a la retórica de los sofistas, los enemigos de la verdad. Se oponía como Jehú a Jezabel: “esa maldita mujer” asomada a la ventana con los ojos delineados y los labios pintados, lista para seducir. Jehú no dudó: “¡Arrójenla por la ventana!”, gritó.
No es la primera vez que la miel retórica se usa para endulzar estiércol. Lutero mismo ridiculizó la elegancia de Erasmo. Comparando sus bellas palabras con utensilios de oro destinados a guardar basura.
Pero la verdad tiene su propio esplendor.
Muchos acusan a charlatanes como yo de seguir la doctrina de un hombre, la retórica de un francés tímido. Pero la originalidad no consiste en ser un charlatán ex nihilo, sacando verdades del horno cada cinco minutos. Calvino no inventó nada: sacó el polvo de una doctrina en ruinas. ¿O usted cree que Agustín predicó otra cosa? ¿Ya leyó las actas del concilio de Orange? ¿Ya leyó a San Pablo? La predestinación de los santos no es un producto del segundo siglo después de Cristo. ¡Por favor!
Clemente de Roma (c. 99), Ignacio de Antioquía (c. 107), Ireneo de Lyon (c. 202), Tertuliano (c. 220), Orígenes (c. 254), Cipriano de Cartago (c. 258) e Hilario de Poitiers (c. 367) ya habían hablado de la predestinación mucho antes que San Agustín de Hipona(c. 430).
¿La insuficiencia de las metáforas?
La metáfora del alfarero y el barro no es, como dijo Dodd, "el punto débil de Romanos". Las metáforas enseñan mucho y, a la vez, son inadecuadas. Apuntan a una realidad semejante, pero no idéntica. No idénticas no significa que sean menos punzantes, sino más.
El hombre no es barro (no ahora), sino más que barro. Pero Dios no tiene el control que un alfarero tiene sobre el barro, haciéndolo girar en su torno como un tornado; tiene uno infinitamente mayor. Dios es infinitamente más grande, más sabio, más bueno, más meticuloso y más ordenado que cualquier alfarero.
La demencia del barro
Pablo, con la fuerza que Dios le dio, aplasta el orgullo de su interlocutor, dejándole en claro que Dios no se sienta en el banquillo del acusado.
Probablemente recuerda cómo el mismo Señor trató con Job: sin responderle, solo cuestionándolo hasta silenciar sus tonterías.
Job al menos fue prudente y se tapó la boca. Pero hoy muchos evangélicos no paran de parlotear y cuestionar la justicia de Dios por ser él Dios, todopoderoso, omnisciente y eterno.
Dios dijo a Job: “¿Corregirá al Todopoderoso quien contra él contiende?” (Job 40). Y Job respondió: “¡Me tapo la boca!”.
No podemos jugar pulseadas con él. No podemos medir lo grave de nuestras voces contra la suya. Algunos dicen: “Creo en Dios Padre todopoderoso, pero ¿quién le dio derecho de hacernos responsables de sus decisiones?”. Eso es esquizofrenia doctrinal.
Como dijo Wilson: Dios nos promete salida para las tentaciones, no para las doctrinas que nos resultan desagradables.
El único que promete librarnos de un Dios soberano es el ateísmo. Pero huir del alfarero solo es caer en una prisión de niveles cósmicos y sin guardias, hecha de materia, tiempo y azar. ¡Bendita libertad! Ni siquiera allí se alcanza el libre albedrío.
Esa es la gran ironía: huir del Padre todopoderoso es quedarse huérfanos; es ser huérfanos omni-impotentes. Somos más que barro, sí. Pero Dios es infinitamente más que un alfarero.
Conclusión
Primero: la retórica es arte, y como todo arte pertenece a Cristo. No existe neutralidad. El lema del “arte por el arte” es basura. El arte debe volver a servir a su Señor, en concordancia con su Palabra.
Segundo: Dios tomó la alfarería como símbolo de su obra creativa y providencial. No es casualidad. Fuimos y somos barro en sus manos. Y Cristo encarnó todas las metáforas: ahora sí tiene manos, ojos, boca y pies. Es cierto que la olla creada no puede altercar y cuestionar la justicia del alfarero. Pero hoy el alfarero tiene boca de barro, y ha dado respuesta a aquellas cuestiones que no teníamos el derecho de levantar. Podemos confiar en sus buenos propósitos. Podemos confiar en aquel que un día descendió al infierno por nosotros. Dios no es un alfarero jugando con barro, ajeno a su arte. Dios nos ha amado de tal manera que se ha hecho olla de barro para salvarnos.
Tercero: el barro se equivoca cuando reclama lo que no entiende. Job lo aprendió y se puso la tapa en la boca.
Chesterton dijo una vez que: “El arte, como la moralidad, consiste en trazar la línea en alguna parte”. Pablo traza esa línea: Dios es Dios; tú no, así que "shhh". Los hombres son finitos. Y no abarcarán jamás la infinitud de Dios.
A veces nos consolamos con la esperanza de hallar respuestas a nuestros sufrimientos en la parusía... Pero, ¿y si al llegar allí oímos un: ¿y a ti qué? Confía en Dios, cristiano, aun cuando él no quiera (y tu capacidad no logre) darte a conocer la resolución de cada problema moral y de cada sufrimiento en el mundo. Tan solo mira a la cruz. Allí está tu paz.
Los redimidos reiremos con nuestro Creador. Como Job, nos taparemos la boca y dejaremos salir una risita santa y contenida. El hombre cuerdo se cubre la boca; los serafines, los ojos; el ateo, en cambio, se tapa los oídos y abre la boca.
Amén.

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