¿Hay alguna consolación en Jesús?

 

Pintura de Matthias Grünewald, 1512.


¿Hay alguna consolación en Jesús? En esto pensad.

(El siguiente texto fue preparado para ser leído en una reunión cristiana, un domingo hace algún tiempo. Debido a la utilidad que, creo, pueda tener hoy en día, lo publico en su formato original).


Nuestro texto:

El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Es Dios el que justifica. ¿Quién es el que condena?...
Romanos 8:31-39

Introducción

Pablo, en nuestro texto, levanta estas preguntas sobre el fundamento de aquellas gloriosas verdades de la llamada “cadena de oro de la salvación”, que vimos relucir hace dos domingos. Él comenzaba en el versículo 28 diciendo que Dios obra para nuestro bien en todas las cosas, es decir, para el bien de quienes le aman. Y, como también habíamos visto en aquella oportunidad, no contradice a san Juan: no dice que nosotros le amamos primero -de hecho, ser pecadores precisamente lo contrario-; simplemente nos sitúa en el tiempo, amándole solo porque Él nos amó primero en la eternidad. Dios es eterno. Eso significa que, de alguna manera, Él ve nuestro porvenir por el espejo retrovisor. Así de simple.

Podríamos ver este pasaje de Romanos como la otra tapa de un sándwich de verdades gloriosas, cuyos panes son el “no hay condenación…” del verso 1 y el “¿quién, entonces, condenará?” del verso 34. El relleno es delicioso y, como veremos a continuación, es la razón este no es un sándwich de pan solamente, sino uno con sustancia suficiente para justificar la presencia de esas dos tapas de pan yuxtapuestas.

Pablo comienza, en el versículo 31, con su pregunta favorita: “¿Qué diremos frente a esto?”, como lo ha hecho ya en 6:1, 15 y 7:7. Su estrategia es formular cinco preguntas siguiendo ese mismo estilo, entrelazadas con el formato del argumento a fortiori, que era el tipo de argumento que más utilizaba nuestro Señor.

Sí, en aquellos tiempos remotos todavía se usaban esas cosas llamadas argumentos…

Las herejías suelen verse grandes y amenazantes, pero veremos que un pequeño argumento —como una piedra caída del cielo— puede derribar una mole semejante a la que vio el profeta Daniel: una con cabeza de oro y pensamientos refinados, pero que asentaba todo su peso sobre pies de falacias, de barro cocido y paja.

Comencemos con la primera pregunta que levanta Pablo en el versículo 31:

1. “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra?”

Lutero creía que Dios Padre podía estar verdaderamente en su contra, a menos que el Hijo tocara el arpa de la cruz y calmara sus ansias de matarlo. Durante un tiempo luchó con esa idea, porque incluso el Hijo —según creían los papistas— era juez: el juez de los vivos y los muertos. Pero aparte de Dios, ¿quién más puede arremangarse para pelear contra nosotros?
El diablo es una buena opción. Sin duda es el contrincante ideal. Él tenía dominio sobre la muerte, o al menos lo ostentó por un tiempo. La razón por la que sus acusaciones tienen fuerza sobre nosotros es que, debido a que hemos quebrantado la ley de Dios, estamos sujetos a la penalidad de muerte. Él maneja esa amenaza como un maldito acusador. Dios le da a la ley su potencia, haciéndola cumplir; la ley le da al pecado su fuerza, permitiéndole “ser”; y el pecado le da a la muerte su aguijón. El diablo, ese ángel de luz —que puede no tener cola ni cuernos—, tiene un aguijón con el cual acusarnos y hacernos la vida miserable sin Cristo.

¿Qué, pues, diremos a esto? Lo siguiente:

Por tanto, ya que ellos son de carne y hueso, él también compartió esa naturaleza humana para anular, mediante la muerte, al que tiene el dominio de la muerte —es decir, al diablo” (Hebreos 2:14).

Nuestro consuelo, tanto en la vida como en la muerte, es que nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenecemos, venció al que tenía dominio sobre la muerte: esto es, al diablo. Él resucitó y obtuvo una vida indestructible, quitando al pecado de en medio. Jesús, en su muerte —que es un hecho histórico—, encarna todos los males, y en su resurrección los vence a todos. Él le arrebató su arpón punzante al diablo.

Entonces, cuando nuestros cuerpos mortales hayan sido transformados en cuerpos que nunca morirán, se cumplirá la siguiente Escritura: «La muerte es devorada en victoria. Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón?».
(...) ¡Gracias a Dios! Él nos da la victoria sobre el pecado y la muerte por medio de nuestro Señor Jesucristo”.
(1 Corintios 15:54-57)

Recordemos el hermoso dicho: “Mujer, ¿dónde están los que te acusan?...”. No hay condenación al llegar a la cruz, porque la cruz es el lugar donde toda nuestra condenación fue completamente desmantelada.

2. “Si Dios no escatimó ni a su propio Hijo, ¿cómo podría negarnos alguna cosa?” (v. 32).

La cruz es la garantía de la generosidad de Dios. Seguramente recordaremos lo leído hace poco en Génesis sobre Abraham: él no había negado (LXX: “escatimado”) a Dios ni siquiera a su hijo amado, Isaac. ¿Qué mayor seguridad que esta? No podemos dudar del amor del Padre, ni siquiera ante mil demonios.
Abraham bien pudo haber enfrentado ejércitos mostrando toda su valentía —como de hecho lo hizo—, y luego negarse a dar a su hijo. “Dios, pídeme lo que sea, menos a mi hijo en sacrificio”. Pero no fue así. Dios fue al grano: pidió la tajada más grande. Y Abraham le dio la torta entera. ¿Cómo no le daría también todos sus bienes y aun su propia vida si Dios se lo pidiera?
Dios es infinitamente más generoso. Él ha dado a su propio Hijo para pagar tu deuda. Sí, tu deuda, la de un enemigo de Dios.

3. “¿Quién acusará a los elegidos de Dios?” (v. 33).

Antes de que revuelvas tu mente buscando alguna posible respuesta, Pablo agrega un detalle nada menor: Dios es el que justifica. Se acabó. C'est fini.

¿Qué, pues, diremos a esto? Escuchemos:

Cercano está de mí el que me salva; ¿quién contenderá conmigo? Juntémonos. ¿Quién es el adversario de mi causa? Acérquese a mí”.
Isaías 50:8

Es un insulto soteriológico dar una respuesta positiva a alguna de estas preguntas. Y si se levantara algún adversario, muéstrale cuán ridículo es altercar con Dios. Luego señala al cielo y gloríate en el Señor:

Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su Ungido (...). El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos”.
Salmo 2:2-4

Hablando de la justificación, a menudo la chusma teológica cree que la fe en proposiciones correctas es en sí misma la salvación del hombre. Este es un error fácilmente removible. La fe en el evangelio no es lo mismo que la fe en la sola fide. La fe en el evangelio no es lo mismo que la fe en la doctrina de la justificación por la fe. Hay personas que han escrito libros sobre estas doctrinas y hoy están en algún lugar del ardiente Seol. Otros creen doctrinas verdaderas sin conocer sus formulaciones dogmáticas con precisión, y aun así son salvos. Hay arminianos salvos que, por ignorancia, padecen el dolor de no saberse salvos, como le pasaba a Lutero.


Pero la salvación por fe no se obtiene por obras —ni intelectuales ni éticas—, ni se pierde por ellas. Si un arminiano se salva, es porque el calvinista tiene razón y él está equivocado…

Toma por ejemplo la fe de un niño o la fe de un convicto condenado a muerte que cree en Jesús y luego da su último suspiro. Ni uno ni otro tienen tiempo ni capacidad para razonar sobre sistemas teológicos refinados y pulidos.

No me malinterprete: no afirmo que la doctrina de la justificación sea irrelevante o innecesaria. Lo que afirmo es que, a pesar de nuestras obras intelectuales, la realidad de la justificación por la fe (no su cadaver diseccionado) es la base misma sobre la cual nuestra salvación se efectúa.

4. “¿Quién condenará?” (v. 34).

Jesús es quien murió, resucitó, está a la diestra de Dios e intercede por nosotros.
El versículo anterior describe el proceso en el que un juez da lugar a acusaciones. Y vimos que ninguna mano se alza en el juicio. “No se levantarán los malos en el juicio” (Salmo 1).

Jesús es aquel que, en el último día, juzgará a vivos y muertos. Pablo añade que ese mismo Juez es quien murió por nosotros para hacernos justos, y es quien intercede por nosotros como un abogado.
“¿De qué se acusa a mi cliente?”, dice Él, mostrando las cicatrices de sus manos.
Él condenó al pecado en su carne y resucitó para nuestra justificación. Si el único que puede condenarnos es quien nos defiende… jaque mate.

5. “¿Quién nos apartará del amor de Cristo?” (v. 35).

Nadie, absolutamente:

Porque el amor es más fuerte que la muerte; la pasión, más implacable que el abismo. Sus saetas son saetas de fuego, llamarada divina”.
Cantares 8:6

Él nos desposó. Que nadie separe lo que Dios ha unido:

Por consiguiente, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe”.
Mateo 19:6

La lista de Pablo es larga: demonios, arcángeles, espadas… pero todos ellos son como el agua en el holocausto de Elías: solo sirven para avivar las llamas. Es el sermón del amor divino predicado sobre una montaña de adversarios. El triunfo resplandece no en nuestro brazo, sino en el brazo del Señor.

Leamos el salmo que Pablo cita:

Pero por causa de ti nos matan cada día; somos contados como ovejas para el matadero”.
Salmo 44:22

Qué pesimista... ¡Qué acertada descripción de nuestra insuficiencia! Por eso valoramos al Salvador: porque no podemos salvarnos a nosotros mismos. De otro modo, su cruz sería predicada en vano; de balde. Como dice Pablo en Gálatas: si por nuestras fuerzas venciéramos a nuestros enemigos, entonces en vano venció Cristo.

El mismo salmo dice:

Porque no se apoderaron de la tierra por su espada, ni su brazo los libró; sino tu diestra, y tu brazo, y la luz de tu rostro, porque te complaciste en ellos”.
Salmo 44:3

Está claro que somos ovejas. ¿Qué más podíamos hacer? Siempre fue gracias al Buen Pastor.

Hubo un niño en Génesis que era pastor y murió violentamente, y su voz aún hoy clama por justicia. Un pequeño pastor enfrentó a un gigante y lo venció desde su debilidad, salvando a un temeroso rebaño. El Buen Pastor murió en batalla, venció a la antigua serpiente sin perder ni una sola de sus ovejas, y luego volvió a la vida para estar con ellas.

La teología correcta está a menudo narrada como historias. Deberíamos prestar mejor atención a los cuentos la próxima vez.

Conclusión

En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.

¿Quién podrá separarnos del amor de Dios?

En el versículo 28 vimos que todas las cosas —todas— nos ayudan para bien. Esa lista terrible del verso 35 no logra sino acercarnos más a Su amor. Pablo concluye diciendo que está persuadido, y espero que usted también lo esté, de que nada podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús. Y esta fe es una firme convicción que vence al mundo.
El amor de Dios no es una realidad vacía, no es un sundae al que cada quien añade lo que quiere. El amor de Dios se ve como el cuadro de la crucifixión de Matthias Grünewald.

El amor de Dios no halla tropiezo en mí; Él mueve mis pies. Antes de conocer la gracia redescubierta en el siglo XVI —llamada por muchos (sobre todo detractores) “calvinismo”—, el evangelio no me parecía tan seguro: era como un puente al cielo que amenazaba con romperse bajo mi peso. Mi experiencia era como la que describió P. G. Wodehouse en otro contexto: “Tenía el aspecto de quien ha bebido la copa de la vida y encuentra un escarabajo muerto en el fondo”.
La gracia, hermanos, es segura porque reposa en el Pastor, no en las ovejas. Pobres ovejas llenarán la tierra, y ya no habrá valles de sombra de muerte. Las perniquebradas, las peladas, las flacas. En esta selva salvaje no se salva el más fuerte ni el más apto. Lo siento por los leones: nosotros vencemos por la sangre de un Cordero degollado. Si Dios es por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

“¡Que muestre su vigor
Satán y su furor!
Dañarnos no podrá,
Pues condenado es ya
Por la Palabra santa.”

—Himno de Lutero, Castillo fuerte.

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