Romance de Salomón y la Sulamita

Lilien (1874-1925) 

 

Por Dante Joaquín Pignanelli 


Para Lady, mi sulamita.


Introducción al poema

El Cantar de los Cantares es, sin dudas, el mejor de los 1.005 cánticos escritos por Salomón. El mismo título —superlativo hebreo, similar al "Rey de reyes" o el "Santo de los santos"— lo confirma. Según diversos teólogos y comentaristas, este poema —este conjunto de cánticos entrelazados— pertenece a la etapa madura de la vejez de su autor. Presenta un ideal divino del amor humano dentro del matrimonio y, probablemente, funciona como un lamento poético tras el necio descarrío del rey respecto de ese ideal romántico. 

Salomón tuvo tantas mujeres como cantares; sin embargo, aquí exalta a una sola, dedicándole su mejor obra poética. ¡Cuánto bien nos haría prestar atención a la sabiduría de este anciano pecador redimido! ¡Con cuántas imágenes y poetismos ensalza la magnificencia de la monogamia y del vínculo pactual del sagrado matrimonio, que él mismo había mancillado de mil maneras distintas!

Nuestro Cantar es una secuencia de cánticos dramáticos y eróticos, donde se alternan las voces de Salomón —el esposo—, la Sulamita —femenino del nombre Salomón y, por tanto, figura de su esposa— y un coro de doncellas —las vírgenes o damas de honor—.

No discutiré aquí si este libro canónico se trata de una alegoría o de un poema literal y erótico con una profunda riqueza tipológica. Adhiero a lo segundo, por supuesto. La tipologia en cantares funciona como la del resto de la Biblia: el poema ilustra la vida amorosa del matrimonio y esta, secundariamente, refleja la relación de Cristo con su novia, la Iglesia. Así como Jonás que, literalmente, fue tragado por un pez, y que, secundariamente, ilustraba la historia de los tres días de Cristo en el sepulcro. El matrimonio es, sin dudas, igual de enigmatico y misterioso, y una parábola viviente del Evangelio. Como dijo Pablo al escribir acerca del matrimonio a los Efesios: “Grande es este misterio, pero hablo con referencia a Cristo y a la iglesia” (Efesios 5:32).

¿Cómo ser tan explícito sin llegar a ser obsceno?

Quizá, si este es tu primer acercamiento al libro de Salomón, tengas el instinto mojigato de creer que tu pudor supera al de la Trinidad. Pero a Dios no le desagrada el placer que Él mismo creó, junto con todos sus detalles y pliegues. A mí, como cristiano, tampoco me disgusta: todo encaja maravillosamente sin necesidad de forzarlo.

No ignoramos, sin embargo, las artimañas de Satanás ni cómo busca corromper el sexo siempre que tiene oportunidad. Precisamente por eso el Señor nos dio un retrato inspirado de cómo luce la sexualidad santificada. Cantares, por tanto, no es un mero producto cultural de hace 3,000 años, sino una obra que refleja la invención divina. Dios creó el matrimonio, el elogio conyugal, la alabanza apasionada… y el sexo.

De modo que, si este libro te parece demasiado explícito, tal vez deberías preguntarte si es prudente intentar ser más “espiritual” que Dios. Sonrojarse más que Él no es posible. Como escribió C. S. Lewis en Cartas del Diablo a su Sobrino:

"Nunca olvides que cuando estamos tratando cualquier placer en su forma sana, normal y satisfactoria, estamos, en cierto sentido, en el terreno del Enemigo. Ya sé que hemos conquistado muchas almas por medio del placer. De todas maneras, el placer es un invento Suyo, no nuestro. Él creó los placeres; todas nuestras investigaciones hasta ahora no nos han permitido producir ni uno.Todo lo que podemos hacer es incitar a los humanos a gozar los placeres que nuestro Enemigo ha inventado, en momentos, o en formas, o en grados que Él ha prohibido. Por eso tratemos siempre de alejarnos de la condición natural de un placer hacia lo que en él es menos natural, lo que menos huele a su Hacedor, y lo menos placentero. La fórmula es un ansia siempre creciente de un placer siempre decreciente".

¿Cómo compuse este Romance?

 Un Romance es un poema narrativo, octosílabo, con rima asonante en los versos pares. Mi método —que no recomiendo— consistió en comparar varias versiones de la Biblia, usando como base la NBLA y tomando como referencia el poema en verso blanco Song of Shulamith, de Douglas Wilson. Ahí está. Para el ritmo silábico, llevé en mente el Romance de la pena negra de Lorca. Así que, si no tiene ocho sílabas cada verso, al menos en mi mente parecía tenerlo. 

En ciertos pasajes intenté unir los símiles y las metáforas con su sentido mas literal, sencillo y apasionado, a pesar de no saber ni jota de hebreo. Por lo que sí, está todo un poco masticado, y su lectura poética no será tan lenta como la de cualquier otro poema. Aún así, tómelo con calma. De todos modos no aseguro haber logrado todo lo que me propuse. Pero esa es mi receta. Si usted puede hacerlo mejor, hágalo… y envíeme una copia, por favor.




1

Oíd a la sulamita,

oídla junto a su amado,

en el Canto de los Cantares,

el mejor de todos mis cantos.


La Sulamita canta:


«¡Oh, que me bese en la boca!»

—dice ella suspirando—,

más profundos son tus besos

que el vino más fermentado.


Tú hueles a todo lo bueno,

y vas suavemente goteando;

por eso las virgencitas

van tras de ti danzando.


Llévame, mi Rey, contigo,

corramos, ven, bien amado;

el rey me llevó a su lecho,

a su lecho el rey me ha llevado.


Coro de doncellas:


En ti nos alegraremos;

déjanos regocijarnos,

bebiendo un amor profundo,

¡con razón eres tan amado!


La Sulamita canta:


Soy negra, pero preciosa,

hija de Sión, sin embargo;

el sol besó mis mejillas,

el sol me anduvo besando.


Apártame tu mirada,

qu'el sol mi cara ha tocado

mientras yo cuidaba las viñas,

mi viña he descuidado.


Dime, amado de mi alma,

por mi alma tan amado,

¿dónde es que al mediodía

te he de hallar pastoreando?


¿Por qué he de comportarme

así, con tanto descaro,

como lo hace una ramera

de algún pastor, merodeando?


Coro de doncellas:


Si no lo sabes, hermosa,

sigue el paso al rebaño

y encuéntrame tú a solas,

a solas por ti esperando.


Salomón dice:


A yegua entre sementales

de tal lujuria embriagados,

que tiran carros de guerra,

a mi amada he comparado.


Coro de doncellas: 


Haremos para tus sienes

corona de oro trenzado,

con cuentas de plata pura,

de pura plata tu ornato.


La Sulamita canta:


Mientras el rey en su lecho

estábase reclinado,

mi aroma que lo seduce,

lo envuelve mi suave nardo.


Mi amado es saco de mirra,

entre mis pechos posado;

descansa y da su perfume

entre esos suaves resguardos.


Racimo de flores nobles

de alcanfor es mi amado,

racimo que en las lejanas

viñas de Engadí fue hallado.


Salomón dice:


¡Cuán hermosa eres, amada,

cuán dulce tu cuello ansiado!

Tus ojos son dos palomas

muy blancas, revoloteando.


La Sulamita canta:


¡Cuán hermoso eres, amor,

y cuán gentil, adornado!

Nuestro lecho es del verdor

de cedros artesonados.


2


Soy la bella rosa de Sarón,

el lirio de valles nublados.

Salomón dice:

«Mi amada es como un lirio

que compite con los cardos».


La Sulamita canta:


Como el manzano entre espinas,

así destaca mi amado;

bajo su sombra me deleita

su dulce fruto colgando.


Me llevó a la casa del vino,

me puso bajo sus brazos.

¡Qué fuerte el amor me ha herido,

qué fuerte me ha sujetado!


Sustentadme con pasas dulces,

refrescadme con manzanos,

porque muero de deseos,

porque de amor he enfermado.


Su izquierda bajo mi cuello,

su derecha me ha abrazado;

su mano derecha me toca,

y a mi jardín ha bajado.


¡Oh hijas de Jerusalén!,

por las gacelas del campo,

os ruego no despertéis

Al amor sin un pacto.


¡La voz de mi amado suena!

Por mis montes va saltando,

como ciervo entre las peñas,

brincando ladera abajo.


Ya está asomando a mi muro,

ya está por dentro asomando;

sus ojos son dos luceros

por la ventana mirando.


«Levántate, ven, amada —

me dijo mi dulce amado—;

ya el invierno se marcha,

las lluvias se van secando.


En la tierra el canto suena,

la flor alza su encanto,

y la tórtola que murmura,

en las vides suena su canto.


La higuera exhala su aroma,

y las viñas van aflorando,

con promesas de alegría

alegres nuevas van dando».


Salomón dice:


Paloma en grietas de roca,

en abismos ocultando,

muéstrame tu hermoso rostro

escondido en los barrancos.


Aleja a esos zorritos

que a las viñas causan daño,

desgarrando las uvas tiernas

antes de haber madurado.


La Sulamita canta:


Mi amado es mío, y yo suya;

él apacienta el rebaño

entre lirios, por la noche 

hasta que el día ha llegado.


Hasta que sople el rocío

y la sombra haya marchado;

vuélvete, gamo mío,

sobre mis firmes collados.


3


En mi lecho, ya de noche,

busqué con ansia a mi amado;

lo busqué con ansias vivas,

pero no lo hallé a mi lado.


«Me levantaré ahora mismo,

por la plaza y por el llano,

Y lo buscaré», me dije,

pero no lo he hallado.


Hallé, sí, a los centinelas

que la noche han vigilado:

«¿Habéis visto en penumbras,

Merodeando, a mi amado?»


Apenas pasé de ellos,

de sus voces y su paso,

hallé al que amaba mi alma,

y en mis brazos fue abrazado.


A la casa de mi madre

lo tomé, y lo fui llevando,

donde me crio dichosa,

para entregarme en sus brazos.


Salomón dice:


¡Oh hijas de Jerusalén!,

por los ciervos de los prados,

os ruego no despertéis

al amor anticipado.


Coro de doncellas:


¿Quién es ésta que ahora sube

del desierto perfumado,

como columna de mirra,

de mercaderes lejanos?


¡Mirad!, he aquí la litera

de Salomón y sus carros;

y alrededor sus guerreros,

con largos sables marchando.


El rey se hizo un palanquín

de cedro bien trabajado;

sus pilares son de plata

y de oro refinado;


su dosel, todo de púrpura,

por dentro de cuero forrado,

con esmero entretejido

por las hijas del poblado.


Salid, hijas de Sión, y ved

a Salomón coronado,

con la corona que Betsabé,

su madre, le ha regalado

el día de su alegría,

cuando fue consagrado.


4


Salomón dice:


Qué hermosa eres, hermosa,

mi jardín bien resguardado.

Tus ojos son dos palomas

tras tu cuervo pelo largo.


Tu cabello es un rebaño

que en Galaad viene bajando;

tus dientes, ovejas limpias

que nunca han abortado.


Tus labios, hilo escarlata;

tu hablar, vino dorado;

tus mejillas, tras el velo,

como el fruto del granado.


Tu cuello, torre de David,

con escudos adornado;

rodeado de mil valientes,

guerreros muy bien armados.


Tus pechos, dos cervatillos

entre los lirios pastando.

Hasta que el alba despunte

y huya la sombra del llano,

me iré al monte de la mirra

al collado perfumado.


Toda tú hermosa eres,

toda tú, de arriba abajo.

Ven conmigo desde el Líbano,

mira del Amaná elevado,

desde el pico de Hermón,

cueva de leones y leopardos.


¡Me robaste el corazón,

esposa mía, y fui atado

con una de tus miradas

y de tu collar con un aro!


Cuán dulces son tus amores,

más que el vino derramado;

y el olor de tus perfumes

sobrepasa todo bálsamo.


Miel virgen, esposa mía,

destilan miel tus dos labios;

miel y leche hay en tu lengua,

Y tu aliento han perfumado.


Huerto eres, bien cercado,

hermana mía, y he entrado;

fuente pura y escondida,

manantial que he saboreado.


Tus brotes del paraíso

son frutos seleccionados:

nardo y azafrán fragante,

caña, mirra y granado,

áloe, bálsamo e incienso,

y todo árbol perfumado.


Tú eres fuente de huertos,

pozo vivo, resguardado,

corrientes que fluyen del Líbano,

en la que me he refrescado.


La Sulamita canta:


¡Levántate, viento del norte!

Lleva mi aroma a mi amado.

Entre mi amado en su huerto

y coja su fruto deseado.


5


Salomón dice:


He entrado ya en mi huerto,

hermana mía, y tomado

con mi bálsamo mi mirra.

También mi miel he probado;

y la tierra prometida

bajo tu lengua he encontrado.


Coro de doncellas:


¡Comed, amigos queridos,

bebed, y quedad saciados!

Comed este don divino;

de placer sexual embriagaos.


La Sulamita canta:


Yo dormía, mas velaba

mi corazón desvelado;

pues mi amado golpeteaba

la puerta como rogando.


«Ábreme, hermana mía,

el rocío me ha empapado».

Mas yo pronto puse excusas:

«Otra vez yo no me baño…»


Entonces mi fiel amante,

por el hueco entrecerrado

de la puerta de entrada

anhelante metió su mano.


Mi corazón al ver esto

ya temblaba de excitado,

y corrí destilando mirra,

buscando en la puerta el mango.


Abrí a mi bien amado,

mas él se había marchado;

mi alma se fue con él

Y lo buscó, mas sin hallarlo.


Los guardias que hacían ronda

me descubrieron buscando;

me atacaron y me hirieron,

¡hasta el velo me rasgaron!


¡Oh hijas de Jerusalén!,

si halláis al que amo tanto,

decidle que desfallezco

por la ausencia de mi amado.


Coro de doncellas:


¿Qué tiene tu amado, hermana,

qué tiene tu bien amado,

más que otro entre los hombres,

que así nos has ordenado?


La Sulamita canta:


Mi amado es resplandeciente

y también es sonrosado;

yo distingo entre millares 

su estandarte levantado.


Su cabeza es como oro

bien pulido y trabajado;

su cabello, como cuervos,

todo negro y ondulado.


Sus ojos, palomas blancas

junto a aguas reposando,

lavadas en leche pura,

en sus engastes colocados.


Sus mejillas, como un lecho

de aromas entremezclados;

sus labios, lirios ardientes

goteando mirra a los lados.


Sus manos, áureos anillos

con berilo engastados;

su vientre, marfil bruñido

con zafiros enfilados.


Sus piernas, dos columnas

bien talladas en mármol,

sobre bases de oro firme,

cual columnas de alabastro.


Su rostro, tan honesto,

a los cedros comparado;

su boca es dulzura viva:

así es, doncellas, mi amado.


6


Coro de doncellas:


¿A dónde, oh mujer hermosa,

a dónde fue tu enamorado?

Dinos dónde se ha ido

para ayudarte a encontrarlo.


La Sulamita canta:


Mi amado bajó a su huerto,

a su jardín bien cercado,

a deleitarse entre lirios,

a segar lo que ha sembrado.


Yo soy solamente suya,

y mío es mi enamorado;

él apacienta entre los lirios

del huerto a su rebaño.

Salomón dice:


Hermosa eres, mi amada,

como Tirsa deslumbrando,

tan preciosa como Sión,

con sus ejércitos armados.


Vuelve de mí tus ojos,

pues estos me han dominado;

por las laderas de Galaad,

vi tu cabello bajando.


Tus dientes son como ovejas

que recien se han lavado;

tus sienes como granadas

bajo tu pelo trenzado.


Sesenta reinas me guardan,

ochenta damas a un lado,

y doncellas innumerables;

y yo a ninguna te igualo.


Pues tú eres mi paloma,

mi perfecta, sin pecado;

hija de tu santa madre,

preferida a tus hermanos.


Las doncellas la han visto,

bienaventurada la han llamado;

las reinas y las concubinas,

todas a una la alabaron:


«¿Quién es ésta, como el alba

tan brillante asomando,

bella como sol y luna,

como ejércitos alistados?


Descendí entre los nogales

para ver si habían brotado

en el huerto los frutales, 

las vides y los granados.


Y, sin saber cómo ha sido,

antes de haberlo pensado,

me subió ella a su carroza,

y hasta el alba cabalgamos».


Coro de doncellas:


¡Vuelve, vuelve, sulamita!

Vuelve para nuestros campos;

vuelve, vuelve, oh sulamita,

que tu bella faz amamos.


Salomón dice:


¿Por qué miráis a mi sulamita?

Veréis en ella danzando

dos ejércitos divinos,

dos coros enfrentados.


7


¡Cuán hermosos son tus pasos,

oh hija del principado!

Las curvas de tus caderas,

obra de fino artesano.


Tu ombligo es copa de vino,

de licores sazonados;

tu vientre, un montón de trigo

por bellos lirios cercado.


Tus pechos, dos cervatillos,

¡qué delicioso tocarlos!

Torre de marfil tu cuello,

orgullosamente alzado.


Tus ojos, dos lagos nobles,

Que en Hesbón han reflejado

la puerta de Bat-rabim;

tu nariz, torre hacia Damasco.


Tu cabeza es como el Carmelo,

tu cabello, en púrpura hilado;

y el rey queda de tus trenzas

totalmente cautivado.


¡Cuán hermosa eres, amada,

tu placer me ha extasiado!

Tu altura es palmera erguida

y tus pechos son sus ramos.


Dije yo: «Subiré a ella,

y de sus ramas colgado,

me aferraré a sus pechos,

su dulce fruto deseado».


Tu aliento huele a manzanas,

tus besos me han embriagado;

tu boca, vino exquisito,

tu paladar y tus labios.


La Sulamita canta:


Yo soy para mi amado,

todo de mí él ha deseado.

Ven, amado, hacia el campo,

pasemos por el sembrado.


Madruguemos en la aldea,

para a la viña ir temprano;

veremos sus flores tiernas,

su fruto rojo e hinchado.


Allí te daré amores,

entre mandrágoras, perfumados.

Dentro, en mi alcoba, he de darte

los frutos que te he guardado.

¡Tengo mucho que enseñarte

dentro de este amor pactado!


8


Oh, si fueras mi hermano,

de mi madre amamantado;

cuántos besos te daría

sin temer reproches vanos.


Te llevaría a la casa

donde a mi me han criado;

te daría vino dulce

de granadas especiado.


Su izquierda bajo mi cuello,

su derecha acariciando

suavemente mi jardín

y su tierra preparando.


Salomón dice:


¡Hijas de Jerusalén!,

os lo ruego suplicado:

no despertéis este anhelo

hasta que sea adecuado.


Coro de doncellas:


¿Quién es ésta a la que vemos,

apoyada en fuerte brazo,

venir bajando del yermo

recostada en su amado?


Salomón dice:


Allí te invité al amor,

bajo ese hermoso manzano

donde tu madre sufrió

por ti dolores de parto.


La Sulamita canta:


Ponme cual sello en tu pecho,

en tu brazo cual grabado,

porque los celos son fuertes

como un sepulcro sellado;


mas el amor, fuego vivo,

por el Señor incendiado:

una chispa que del cielo

Jehová quiso obsequiarnos.


No pueden las muchas aguas

apagar lo que Él ha incendiado;

ni una chispa de este amor

puede comprar el humano.


Coro de doncellas:


Tenemos una hermanita,

sus pechos no han madurado;

¿qué haremos por la niña

cuando se pida su mano?


¿Por qué de amor y de amantes

habéis estado hablando?

Si ella es una muralla,

Escudos de plata pongamos;

si es puerta que fácil se abre,

mil tablas de cedro forzado.


La Sulamita canta:


Soy muralla —dice ella—,

y torres mis pechos altos,

y soy yo quien tanta gracia

ante el rey Salomón ha hallado.


Una viña tuvo el rey

en Baal-hamón, guardando;

la arrendó a unos labradores

por tributo bien pactado.


Mas mi viña es para mí,

mi tesoro reservado:

toda te la entrego a ti

y a quienes de mi cuidaron.


Salomón dice:


Tú que moras en jardines,

¡qué dicha haberte escuchado!

Hazme oír tu dulce voz,

y ya recíbeme a tu lado.


La Sulamita canta:


Ven, amado, ven corriendo,

como ciervo apresurado;

sube a mi monte de aromas,

apresúrate, mi amado.


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