La Vision del Rey
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| Matías Gerung (1500–1570). |
Un anciano San Juan contempla el ocaso de su vida, desterrado por predicar a Cristo en la isla de Patmos (Πάτμος). Sus fuerzas han menguado, sus antiguos compañeros han partido, y la muerte le circunda el alma. Entonces el Hijo del Hombre se manifiesta en la gloria del Anciano de días, bajo un aspecto que simpatiza con el del avejentado apóstol. El discípulo que reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús, cae ahora como muerto ante sus pies, mientras este consuela a su atemorizado discípulo tocándolo con su mano perforada... De ese encuentro nace el siguiente poema, fruto matutino de mi lectura dominical.
Apocalipsis 1:10-18
En el día del Señor quedé en silencio,
al oír detrás de mí una voz que hablaba,
parecida a la voz de una trompeta,
y esto me ordenaba:
«Escribe lo que ves a estas iglesias:
Eféso, Esmirna, Pérgamo, Tiatára,
Sardis, Filadelfia y Laodicea».
Y al cesar aquella voz, volví la cara
para ver quién hablaba así conmigo;
y, al volverme, vi las siete lámparas.
Y en medio de las siete vi a uno
semejante al Hijo de una humana,
que vestía un ropaje largo
que caía a sus pies como cascada,
con un áureo cinto sobre el pecho.
Su cabeza y cabellos, blanca lana,
como nívea escarcha de los bosques.
En sus ojos le chispeaban vivas llamas,
y sus pies, cual pulido bronce nuevo,
titilaban y brillaban.
Su voz resonaba como estruendo
de un caudal tremendo de aguas;
y llevaba en su diestra siete estrellas,
y en su boca, aguda espada.
Su rostro era radiante, como el beso.
del sol en su esplendor sobre tu cara.
Al verlo yo caí, cual cae un muerto.
Pero él me acarició y dijo a mi alma:
«No temas, porque yo soy el primero
y el último, y a quien ya no alcanza
la muerte, aunque antes hube muerto.
Y tengo del Seol la llave ansiada».



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