Pan verde

 

La hora de la cena: Una cocina rural en la Comarca,
 por Kay Woollard


Introducción al poema

"¡Ojalá estuviera de vuelta en Bolsón Cerrado, junto a mi propio fuego, con la tetera apenas empezando a cantar!". Decía Bilbo, entre suspiros no carentes de nostalgia, mientras atravesaba montañas, guaridas de trasgos y la amenazante expectativa de enfrentarse a un dragón (¡vivo!), sin saber si volvería a ver su hogar.

 Y fue al despedirse de este, que Thorin Escudo de Roble pronunció estas palabras de elogio al profundo anhelo, hogareño y sencillo, de Bilbo:

 «Hay más bondad en ti de la que crees, hijo del bondadoso Oeste. Algo de valentía y algo de sabiduría, mezclados en justa medida. Si más de nosotros valoráramos la comida, la alegría y la música por encima del oro acumulado, el mundo sería un lugar más feliz». 

No elogiaba Thorin el espíritu aventurero de Bilbo, sino su amor por las cosas sencillas: el hogar, la mesa compartida y los pequeños gozos cotidianos. Y estoy seguro de que, si el hobbit hubiera cavado su agujero en alguna loma de nuestra pampa —sí, tal como un peludo—, de seguro que el mate habría ocupado un lugar de honor entre sus dos desayunos cotidianos.

Yo comparto, al menos en parte, ese temperamento hobbit, que mucho se asemeja al de un flemático. No creo haber sido hecho para las grandes hazañas; prefiero, más bien, la quietud del hogar, los libros, la familia y el mate. Por eso este poema es un elogio de esa humilde infusión.

Lo he titulado Pan verde porque el mate me recuerda, salvando las distancias, al lembas de los elfos: alimento humilde, pero que fortalece el ánimo, sostiene el cuerpo y acompaña en el camino. Así también este «pan» de hojas verdes me ha acompañado siempre en mi trabajo bajo el frío de la pampa argentina, y en mis meditaciones matutinas. Ojalá los kennings que amontoné en estos versos hagan justicia a este brebaje amargo y humeante, cuya sencillez no es fácil de nombrar de manera prosaica. 


Pan verde


Cuando el oro a la fría plata

 opaca con luces gualdas,

 el verde pan de los campos

 renace de entre las ascuas;

 libación de vigilias,

 ardiente fragua de charlas;

 líquido pan de yuyo

 que el agua ardiente prepara.


¡Pan verde, verdepan,

 hidromiel de las pampas;

 oro, verde-manjar,

 en calabaza engarzada,

 paráclito del duro frío,

 dulce amargor del alba,

 de andrajosas hojas verdes

 sobre un claro de agua,

 eleva tu savia fuerte

 por la escalera de plata,

 mientras el sol refulgente

 agita sus alas de ámbar!


Despierta y riega las mentes

 con tu espiritual fragancia,

 do anhelan los serafines

 bañar su lengua de llama

 y adormecer sus pupilas

 en ese ajenjo esmeralda.


Escucha tú su estruendosa

 voz en flauta de alpaca;

 escucha cómo convoca

 el Maestro a su ágora,

 a la cisterna de hojas,

 a su concilio de ramas,

 allí donde no demora

 tomar la elección amada

 de beber, al final del mundo,

 con Él la santa hojarasca.









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