Sobre la herida de la belleza, o la nostalgia.

 


Fría, alta y mortífera,

 la hermosura de una estrella me apuñala.

 ¿Qué barca surcará el mar anchuroso

 y oscuro que a ambos nos separa?


¿Vendrá el más hermoso de los hombres,

 con su desfigurada cara,

 a hacer de mediador entre mi feo

 semblante que la luz de plata baña?


¿O podrá, con sus portentos de pesebre,

 guardar mi paja de la ardiente daga

 que se clava en este féretro de barro,

 donde viven las musas, los elfos y las hadas?


Señor, aún las estrellas se me mueren...

 ¿No habrá expirado la que mi faz abraza?

 ¿Será su luz, tan fría como inerte,

 el destilar plateado de sus lágrimas?


 ¿Serán las que bañan nuestra frente

 el gemido de la cósmica nostalgia,

 que se ha derramado, cual torrente,

 de consuelo sobre mi alma?


En el patíbulo del mundo, ecce mundus:

 con el rostro de ceniza y hojarasca,

 Su hermosura, escondida tras lo feo,

 aún deja ver su delicada cara;

 Y entre los despojos del Edén florece,

 como lirio, la esperanza abandonada.


«Hombres que llevan en sí un deseo tan poderoso que supera su naturaleza, y que desean y anhelan más de aquello a lo que el hombre puede aspirar, estos hombres han sido traspasados por el mismo Esposo; él misma ha enviado a sus ojos un rayo ardiente de su belleza. La profundidad de la herida revela ya cuál es el dardo, y la intensidad del deseo deja entrever Quién ha lanzado la flecha».

-Nicolas Kabasilas.

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