Sobre la herida de la belleza, o la nostalgia.
Fría, alta y mortífera,
la hermosura de una estrella me apuñala.
¿Qué barca surcará el mar anchuroso
y oscuro que a ambos nos separa?
¿Vendrá el más hermoso de los hombres,
con su desfigurada cara,
a hacer de mediador entre mi feo
semblante y la luz de plata que le baña?
¿O podrá, con sus portentos de pesebre,
guardar mi paja de la ardiente flama
que ilumina este féretro viviente,
donde viven las musas, los elfos y las hadas?
Señor, aún las estrellas se me mueren...
¿No habrá expirado la que mi faz abraza?
¿Será su luz, tan fría como inerte,
el destilar plateado de sus lágrimas?
¿Serán las que bañan nuestra frente
el gemido de la cósmica nostalgia,
que se ha derramado, cual torrente,
de consuelo sobre el alma humana?
En el patíbulo del mundo, ecce mundus:
con el rostro de ceniza y hojarasca,
su hermosura, escondida tras lo feo,
aún deja ver Su delicada cara...
Y entre los despojos del Edén florece,
como lirio, la esperanza abandonada.
«la gloria de Dios está en el rostro de Cristo» (2 Co 4, 6).
«Hombres que llevan en sí un deseo tan poderoso que supera su naturaleza, y que desean y anhelan más de aquello a lo que el hombre puede aspirar, estos hombres han sido traspasados por el mismo Esposo; él misma ha enviado a sus ojos un rayo ardiente de su belleza. La profundidad de la herida revela ya cuál es el dardo, y la intensidad del deseo deja entrever Quién ha lanzado la flecha».
-Nicolas Kabasilas.



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